El Puente de Cristal: Cuando los Sueños Deciden Despertar
Y si tus sueños más recurrentes no son un escape, sino un plano? La historia de Marco, un ingeniero pragmático atormentado por un puente de cristal, nos revela cómo a veces la respuesta no está en despertar, sino en tener el coraje de construir en la vigilia lo que vislumbramos en el sueño. Una narrativa sobre la intuición, la materialización de lo intangible y los puentes que solo nosotros podemos erigir entre nuestros dos mundos.
El reloj marcaba las 3:33 AM, una puntualidad de pesadilla. Marco abría los ojos, la respiración entrecortada, con el sabor salado del mar en los labios y el eco de una campana resonando en sus oídos. Era la séptima noche consecutiva. El mismo sueño.
En él, caminaba sobre un puente de cristal suspendido sobre un abismo estrellado. A mitad del camino, una figura con un sombrero de ala ancha le extendía una llave antigua. "Construye tu puente en la vigilia", susurraba la voz, "o quedarás atrapado en el tránsito". Marco siempre despertaba antes de tomar la llave.
Durante el día, Marco era un ingeniero de puentes, pragmático y metódico. Pero los sueños comenzaron a filtrarse en su realidad. En las curvas de los cálculos estructurales, veía reflejos del cristal onírico. En el sonido del viento entre los cables de acero, escuchaba la campana.
Decidió hacer lo impensable para un hombre de ciencia: rendirse al sueño. En la octava noche, concentró toda su voluntad en no despertar. Cuando la figura apareció, Marco extendió la mano y cerró los dedos sobre la llave fría. Un torrente de imágenes lo inundó: vio un puente peatonal abandonado en las afueras de la ciudad, uno de sus primeros proyectos, rechazado por "poco práctico" y "demasiado soñador".
Al amanecer, supo lo que debía hacer. Localizó los planos antiguos del "Puente de los Susurros", un diseño suyo lleno de curvas imposibles y paneles de vidrio. Con sus ahorros y la ayuda de algunos colegias desencantados, inició la construcción en un terreno privado, como una obra de arte a gran escala.
Mientras martillaba, soldaba y pulía, los sueños cambiaron. El puente de cristal se hizo más sólido, y la figura del sombrero comenzó a mostrar su rostro: era una versión futura de él mismo, sereno y satisfecho. "No es huir del mundo", le dijo una noche, "es traer un fragmento del sueño para que el mundo lo vea".
La obra tomó meses. La ciudad murmuró: "El ingeniero que enloqueció". Pero cuando el "Puente de los Susurros" estuvo terminado, algo mágico sucedió. Al atardecer, la estructura capturaba la luz, proyectando un caleidoscopio sobre el río. La gente empezó a visitarlo. Se convirtió en un lugar para propuestas de matrimonio, para reflexiones, para pequeños renacimientos. Marco no había construido solo un puente; había materializado un espacio para la poesía cotidiana.
La última noche del sueño, Marco cruzó el puente de cristal completo. Al otro lado, no había un abismo, sino la vista real de su creación, bañada por el sol de la mañana. La figura-así-mismo sonrió y se desvaneció. Marco despertó a las 7:07 AM, con la luz natural acariciando su rostro. El sabor a sal había desaparecido. En su mesilla de noche, sin polvo ni razón lógica, descansaba una pequeña y antigua llave de cristal.
Los sueños recurrentes habían cesado. Habían cumplido su misión: eran los planos de un destino, entregados noche a noche hasta que él tuvo el valor de construir lo que ya había visto.
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